NO EN VANO LE DIO EL TUFO CARTAGENERO AL OBISPO

La frase hecha de “Amor a España”, que se sepa, no nació, aunque se utilice mucho, en Cartagena; porque, al parecer, se lleva semejante honor las tierras castellanas de la meseta cuando desde el clero vaticano, como consecuencia que a los curas les picó mucho que el nieto de uno de los más famosos reyes católicos que han habido, viniera de Flandes con sus curas propios bailándole las aguas; eso les jodió mucho a los curas con aspiraciones cortesanas, la mayoría de ellos entonces y ahora, hasta el extremo de hacer guerrilleros a los señoritos de Castilla, levantándolos cuando las revueltas de los llamados Comuneros de Castilla.

Pero como este año, a mil quinientos cuatro años, aproximadamente que tiene o disfruta de obispado la ciudad de Cartagena, y aunque a partir del año del 516 que, al parecer, se inició el escalafón, y aquellos  primeros obispos no fueran  católicos trinitarios, pero sí cristianos, sin tener en cuenta que el cristianismo, como España, podía romperse en pedazos, dijeron aquello que más vale ser cabeza de ratón, que cola de león, y se independizaron de Bizancio.

Y como servidor en lo que respecta a la crónica del clero vaticano no estoy puesto en tal asunto ni lo deseo. Lo que no ha dejado de tener su gracia es que, brujuleando en la crónica de Indias, mi lectura favorita, resulte que un obispo de Cartagena, un tal Juan Martínez Guijarro, que después llegó a ser arzobispo de Toledo, fue en su día culpable de que el fraile Las Casas, tuviera que trabajar el doble, cuando no existía la posibilidad de la fotocopia de lo almacenado en el disco duro del ordenador.

La Brevísima Relación de la Destrucción de Las Indias, un trabajo apologético del fraile Bartolomé de Las Casas, conoció la luz de la publicación, porque todo lo que había escrito anteriormente sobre Las Indias, se lo dio al citado obispo de Cartagena Juan Martínez, porque el fraile tenía que seguir el conducto reglamentario para que el monseñor se lo diera a su majestad; pero se ve que el obispado estaba flojo de papel, o vaya usted a saber. El caso es que, lo escrito por el fraile, se perdió; y, aprisa y corriendo, tuvo que escribir su Brevísima, seguramente con el pensamiento puesto en el obispo de Cartagena.

Un obispo, que aunque por aquel entonces no soplaba el húmico amarillo de Peñarroya que nos agilipolló a la inmensa mayoría de los habitantes de una ciudad, que tuvo obispo en el tiempo que convivimos enriqueciéndonos con el saber más adelantado en agricultura, astronomía, matemáticas y medicina del islam, al obispo que la poca algebra y geometría que conocía, un alarde de sabiduría para su escalafón y tiempo del siglo XVI, en lo que se cebó y logró, fue algo que se nota que tuvo su raíz por aquí, porque todavía se percibe con fuerza.

El citado obispo, Juan Martínez, que no parece proceder de cuna mecida por manos de sirvientes, fue el que ideó, inventó, y logró, que la sociedad ibérica, que vivía sin grandes diferencias sociales una vez que se alejaba uno de la puerta de una iglesia, formuló el absurdo Estatuto de Limpieza de Sangre, que afectaba a todas las profesiones, excepto si había dinero de por medio para comprar linaje al clero que lo certificaba, o si se trataba, ante la escasez de cristianos que supieran leer de corrido, de dar clases en la Universidad de Salamanca, porque de lo contrario, de aplicar sin dinero el Estatuto, había que haber cerrado la citada Universidad.

Un estatuto que nació y está vigente, actualizado, en la Cartagena actual.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis

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