EN CARTAGENA, A QUIÉN PIJO QUIEREN ENGAÑAR CON EL SUBMARINO

De momento Navantia, la añorada Basán, es como un monasterio de recogida laboral de dos sectas: El opus-pus y los sindicatos; politizadas las dos a tope, y con menos futuro por delante que un caramelo en la puerta de un colegio en los tiempos franquistas.

De las diez navieras que controlan el mercado mundial de los fletes agrupadas en tres grandes bloques, ninguna naviera es española; y, por lo tanto, en otra cosa más, España no pinta nada en el mercado mundial de los fletes. Aunque ahora, incluso aquí, en España, en los Nuevos Estados Pontificios de nuevo estilo, tipo del nuestro, nos repiten continuamente que somos Europa. Y dentro de Europa una de las patas fuertes de la mesa europea; Y, en verdad, que tal cosa se lo puede creer los muchos y abundantes que siguen viviendo y comiendo del cuento y el postureo patriótico nacional-socialista-comunista funcionarial-católico, que nos ahoga.

Aquella poderosa industria naval que la gente de mi edad conocimos, que daba empleo directo a mucho más de cincuenta mil obreros cualificados y cobrando lo necesario para vivir decentemente, gracias a la derechona casposa española, y a “nozotros, no verdad Arfonzo, no zemos como ellos”, siguiendo al píe de la letra lo ordenado por EE.UU, mandaron al carajo a toda una riqueza laboral y a un futuro que, todavía, en la actualidad, a pesar de los grandes políticos que hemos tenido y seguimos teniendo y más que vienen porque están en puertas, hay navegando en el mundo unos ochenta mil buques, de los cuales menos de diez unidades de ellos se han construido en astilleros españoles, y el resto en países que han actualizado la tecnología a las nuevas necesidades constructivas.

Pero, en el citado monasterio ideológico de recogida laboral, Navantia, que no pasa de ser como una inmensa tienda de chinos a la inversa, y lo que construye ya está desfasado y no vale para nada, se suma a la apuesta cartagenera por las energías fósiles, Refinería, y a la construcción de armas para la guerra, dos cosas sin futuro, afortunadamente.

Y si existe un país donde las banderas llamadas de conveniencia…entre granujas: armadores y políticos, ese país puede que sea España, que, actualmente, de ser la sexta potencia mundial en arqueo marítimo y en número de buques, en nuestros días, con bandera española sumando carga y pasajeros, no se cuenta ni cien buques mercantes.

Y tal asunto, la construcción naval, que, paradójicamente la han desarrollado y mantenido los países que mejor pagan los jornales a los obreros, en zonas como la cortijá cartagenera, la construcción naval ha quedado reducida a construir submarinos, costosos e inútiles, pero que permiten romper muchas pieles tensadas de borregos en los tambores que pueden servir para publicitar que las armas de guerra son la salvación patria. O también para marcar el paso de una ciudad que se mueve al ritmo de los remeros encadenados, para los cuales el tambor era un instrumento necesario para evitar latigazos.

Pero por más que se publicite, metiendo la mano en la bolsa pública del dinero, diciendo que las bases de un futuro esperanzador y brillante radica en la construcción de maquinaria para la guerra, o en refinar magma de la tierra, tiempos tienen que venir; gentes tienen que estar o venir, que frenen una locura egoísta particular y privada de unos reductos donde abundan las borracheras de agua bendita, base de un Estado Pontificio moderno en los diezmos y primicias.

El excelente navegante portugués Diego Cao, allá por el siglo XV, cuando volvió a Lisboa sobrepasando en latitud sur la desembocadura del río Congo, como desinformó al rey portugués don Juan II, diciendo que había encontrado el paso meridional africano hacia las mares de oriente, todas las campanas lusas fueron echadas a doblar de alegría; pero, cuando el monarca se enteró del engaño, lo quitó del número de nobles y lo desterró.

Aquí todo es al contrario. Los errores son los que mejor prensa tienen.

Salud y Felicidad sin Covid. Juan Eladio Palmis

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