CARTAGENA, OTRA SUPERNOVA

La que más mugre le da a este sucio país que hemos construido, puede que sea la pueblerina Comunidad de Madrid. Pero, si ponemos sobre una balanza la proporción numérica de estamentos públicos en proporción a los habitantes, a lo mejor la contaminada ciudad de Cartagena se lleva la palma.

Se necesita otra explosión de otra supernova, tal como la aconteció en el año de 1.054, cuando surgió el catolicismo romano, seguida de que muy de inmediato se pudo ver desde nuestra zona hemisférica cruzar el cielo nocturno el cometa Halley, para que surja otro grupo redentor religioso, y acabe por rematar una especie que hemos optado con decisión por la estupidez y el doloroso exterminio poco a poco.

De nada nos vale la memoria y el hecho económico de que un gobierno que no genera, a modo de empresa, recursos propios para su, por lo general, loco despilfarro, lo tiene que sacar euro a euro de los bolsillos de los ciudadanos.

Y dicho esto de los gobiernos nacionales y lo pasamos a nivel de los pueblos y las ciudades, nos encontramos con la realidad alocada de que una ciudad, Cartagena, que dispone de una población funcionarial municipal en número de gran ciudad, toda su actividad se centre en mantener una extensión urbana de aldea, supuesto que por fuera del centro “crucerista”, el resto urbano ya no existe o se pasa sobre él deprisa y corriendo porque pillaba de camino hacia los almacenes de aparcamiento de los vehículos.

La pregunta que ya se va generalizando entre nosotros la gente visto el proceder municipal, es aquella interrogación de para qué sirven los ayuntamientos dejando de lado el inmenso y cómodo almohadón de ser un lugar donde se recoge y se le da un sueldo a mucho funcionario sin función, que son precisamente los que cobran unos sueldos disparatados.

Porque estamos hablando de tiempos nuevos, de progreso; y, por el contrario, todos nuestros recursos se ocupan en una mayoría de espanto en mantener un monstruo de gasto, los ayuntamientos como el de Cartagena, que devuelve a los vecinos un porcentaje de recursos económicos y de calidad de vida, que resulta del todo vergonzoso anotar la cifra por lo escasa que es.

Y mientras esa es la triste realidad imperante diaria, vemos con total indiferencia como poco a poco, unas costumbres se han hecho leyes, y pasa un año y el siguiente y todo sigue igual tirando cada vez más a viejo, sin que se tomen medidas de ninguna clase, que no sea el apartar la piedras derruidas.

Nunca se ha tenido tanta presión y se ha cortocircuitado en tanto la esperanza por el futuro de las gentes, por las formas sociales que se han enquistado en un proceder gregario de vida que trompeteros y tamborileros no cesan de pregonar que son las únicas y las mejores que se pueden tener, simple y llanamente porque ello conlleva que una mayoría, generalizando, que no han sido capaces para nada en la vida civil, encuentran en las formas conservadora, inútiles, inexpresivas, sin ideas, de las instituciones actuales, un lugar donde todo está basado en esperar la jubilación para seguir haciendo lo mismo.

Si a todo esto nos ha conducido pacientemente, con muy escasos o casi inexistentes “momentos de crecientes fértiles” una horrible expresión y mandamiento de aceptar los monopolios conquistadores, con o sin espada, con o sin fusil, la situación de apatía sin ilusión social en la que estamos hasta el cuello, necesita de otro engaño masivo de otra supernova como la del año 1.054, o no llegamos al final y pinchamos las ruedas mucho antes.

Porque el camino está lleno de gentes apartadas.

Salud y Felicidad sin covid. Juan Eladio Palmis

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